VérticeLa ciencia explicada de principio a fin: el método, las disciplinas y el viaje del hallazgo al conocimiento público.

Evolución de los seres humanos: de qué hay evidencia

Evolución humana

La evolución de los seres humanos es la secuencia de cambios anatómicos, fisiológicos y de comportamiento que, a lo largo de unos 300 000 años, transformó a una población de homínidos africanos en el Homo sapiens, la única especie humana que vive hoy. No es un salto único ni una línea recta: es un proceso gradual, medible por dos familias de pruebas independientes, los fósiles y los genes, que se refuerzan mutuamente. En esta página se explica qué cuenta como evidencia, qué dice la teoría sintética de la evolución sobre este proceso, cómo se trazó el linaje desde el último ancestro común con los monos y dónde quedaron los eslabones fósiles clave, como Australopithecus africanus (representado en el fósil Little Foot) o Homo neanderthalensis.

Huellas de pies humanas dejadas en la arena humeda junto a la orilla del mar.

La evolución pertenece a las ciencias naturales, junto con la física, la química y las ciencias de la Tierra, porque se estudia con sus mismas herramientas: observación, medición, experimento y predicción contrastable. La genética moderna aporta además una brújula numérica: el reloj molecular, que compara mutaciones acumuladas en el ADN y estima en unos 6 millones de años la separación entre las líneas de los humanos y de los chimpancés, la especie viviente más cercana a nosotros. No hay que leer esa cifra como una fecha exacta, sino como el punto donde las dos líneas dejaron de ser una sola. Esa separación, y no la transformación de un mono en un hombre, es el origen del problema que esta página traza, y para leer el detalle de cómo se mide ese reloj conviene ver El ADN, pieza a pieza.

Qué es la evolución biológica

La evolución biológica es el cambio en las características de una población a lo largo de las generaciones, y su motor es la selección natural, descrita por Charles Darwin en El origen de las especies (1859) y por Alfred Russel Wallace de forma independiente: los individuos con rasgos que favorecen su supervivencia o su reproducción dejan más descendencia, y el rasgo se vuelve más frecuente. La genética de Mendel añadió el mecanismo que Darwin no conocía: los rasgos viajan en genes, y la selección actúa sobre esa herencia. La síntesis moderna, consolidada entre los años 1930 y 1940 por científicos como Julian Huxley, Ernst Mayr y Theodosius Dobzhansky, unió ambas ideas: la evolución es el cambio de la frecuencia de los alelos en una población, y la deriva genética, el flujo génico y las mutaciones completan el cuadro junto a la selección.

Qué cuenta como evidencia

La evidencia de la evolución humana se apoya sobre 2 pilares independientes, el registro fósil y el registro genético, y su fuerza radica en que ambos se miden de formas distintas y llegan a las mismas fechas. El registro fósil se data con métodos físicos, no con comparaciones: la datación por radiocarbono funciona con muestras de hasta unos 50 000 años, y para los yacimientos más antiguos se usa la serie potasio-argón sobre las lavas que encierran los huesos, que cubre varios millones de años. El registro genético se lee directamente de las personas vivas, y es el único que alcanza a especies extinguidas, porque de Neandertal y Denisova no queda nada salvo huesos y ADN. Un tercer pilar, el arqueológico, aporta los artefactos: las herramientas de piedra de Olduvai, con 1,9 millones de años, son el rastro más antiguo de un comportamiento fabricado, y su cronología acompaña a la de los fósiles.

  • Fósiles: forma del cráneo, de los dientes y de las extremidades, medidos sobre hueso real.
  • ADN: mutaciones acumuladas, comparadas entre especies y entre individuos de una misma especie.
  • Artefactos: herramientas y restos de cultura material que señalan capacidades y conductas.
  • Datación: series radioactivas independientes que fijan la cronología de cada yacimiento.

El registro fósil

Un fósil humano informa sobre el tamaño del cráneo, la inclinación de la cara, el arco dental y la proporción entre brazos y piernas, y cada una de esas medidas se puede graficar a través del tiempo. En ese grafico se ve la tendencia: el cráneo crece de unos 400 cm3 en los primeros australopitecos a los 1300 a 1400 cm3 actuales, el rostro se encoge, el arco dental pasa de U a parábola estrecha, y la pelvis y los tobillos muestran una marcha erecta que se consolida hace unos 4 millones de años. Las series potasio-argón, medidas sobre las lavas del yacimiento, dan a cada cráneo una fecha con un margen de error, y los márgenes se solapan: por eso la escala de los homínidos no es una cadena perfecta, sino una red con huecos.

El registro genético y el reloj molecular

El reloj molecular parte de una observación simple: las mutaciones se acumulan a un ritmo aproximadamente constante, de modo que la distancia genética entre dos especies es proporcional al tiempo desde que se separaron. Calibrado con fósiles de referencia, ese reloj sitúa la separación de los linajes humano y de chimpancé en unos 6 millones de años, la misma ventana que sugiere el registro fósil, que no conoce todavía con seguridad el primer eslabón. El ADN antiguo amplió la prueba a especies extinguidas: el genoma de Neandertal, secuenciado en 2010 por el equipo de Svante Pääbo, mostró que los humanos no europeos heredaron entre un 1% y un 2% de sus genes neandertales, y que no hay ADN neandertal en las poblaciones africanas del sur del Sahara, lo que coloca el cruce fuera de África, donde convivieron ambas especies. Los hallazgos de Denisova, una cueva de Siberia con huesos de una línea hermana de Neandertal, revelaron además cruces con los habitantes actuales de Melanesia y Australia.

El origen: del último ancestro común con los monos al bipedismo

El origen del linaje humano se cuenta desde un punto, el último ancestro común con los chimpancés, y no desde un mono concreto: ese ancestro vivió en África hace unos 6 millones de años y no fue ni un mono ni un humano, sino un simio del que descienden dos líneas, la de los grandes simios y la nuestra. De ese punto se separan 2 hitos. El primero es el bipedismo, la marcha erguida, que aparece en Australopithecus hace unos 4 millones de años: sus fémures, sus tobillos y sus caderas están adaptados a caminar erguido, y el yacimiento de Laetoli, en Tanzania, conserva huellas de unos 3,6 millones de años hechas por australopitecos que caminaban erguidos, una de las pruebas más directas de que la postura precedió al cerebro grande. El segundo hito es el crecimiento del cerebro, que se acelera ya en Homo erectus, con cráneos de 850 a 1100 cm3. La secuencia importa: primero la postura, luego el tamaño craneal, y esa orden es la que distingue la evolución humana de la imagen popular de un mono que se iría transformando en hombre.

  • El último ancestro común con los chimpancés: hace unos 6 millones de años, en África.
  • El bipedismo: Australopithecus, hace unos 4 millones de años, con huellas en Laetoli de 3,6 millones.
  • El cerebro grande: Homo erectus, con cráneos de 850 a 1100 cm3.

El linaje humano: de Australopithecus a Homo sapiens

El linaje humano no es una sola línea, sino una red de especies que convivieron, se cruzaron y se extinguieron, y la tabla siguiente ordena los eslabones mejor documentados por fecha y por tamaño craneal, de los más antiguos a los más recientes.

Especie Antigüedad Volumen craneal Hallazgo clave
Ardipithecus ramidus 4,4 millones de años 350 a 400 cm3 Yacimientos de Harari, Etiopía; postura mixta
Australopithecus africanus 3,3 a 2,1 millones 450 a 550 cm3 Little Foot, completa, en la Caverna de la Gruta, Sudáfrica
Homo habilis 2,4 a 1,4 millones 500 a 650 cm3 Coche con herramientas de piedra de Olduvai
Homo erectus 1,9 millones a 100 000 años 850 a 1100 cm3 Out of Africa; la primera salida de África
Homo neanderthalensis 400 000 a 40 000 años 1200 a 1700 cm3 Genoma secuenciado en 2010
Homo sapiens Desde 300 000 años 1300 a 1400 cm3 El cráneo Omo I, de Etiopía, de unos 300 000 años

Little Foot merece atención aparte: es un esqueleto casi completo de Australopithecus africanus hallado en la Caverna de la Gruta, en Sudáfrica, y su estudio, completado en 2010, muestra un cráneo de unos 480 cm3 con una cara más estrecha que la de sus parientes, un eslabón intermedio entre el Australopithecus robusto y el Homo ligero. Homo erectus amplió la historia geográfica: sus fósiles se hallan desde África hasta Indonesia (el cráneo de Java, descrito en 1891) y China (el cráneo de Peking, descrito en 1927), lo que indica una dispersión amplia y prolongada fuera de su continente de origen. Y Neandertal cierra la red: con cráneos de 1200 a 1700 cm3, algo más grandes que los nuestros, y con un ADN que todavía lleva 1 de cada 100 genes en la sangre de los no europeos, demuestra que el linaje humano se entrelazó antes de que solo quedara una especie.

Cómo dibujar la evolución humana

Para dibujar la evolución humana hay que dibujar una red, no una escalera, y el error más extendido es el diagrama escalera, esa fila de siluetas que avanza de la postura encorvada a la erguida con un tamaño craneal creciente: esa imagen sugiere que un mono se convirtió en un hombre, y ningún fósil la soporta. El formato correcto es un árbol con ramas, como el de una filogenia, donde cada rama es una especie, las ramas se ramifican cuando una población se divide en 2, y se extinguen cuando la línea se corta. La secuencia de rasgos debe seguir el orden que dictan los datos: la postura erguida antes del cerebro grande, el cerebro grande antes de la cara corta, y las herramientas antes del lenguaje, porque es el orden en que aparecen en el registro. Tres reglas bastan: poner cada especie en su fecha real, dibujar las ramas que se cruzaron (como la de Neandertal, que se une a la nuestra), y marcar con un corte las extinciones, sin rellenar huecos con siluetas inventadas. Un diagrama fiel no se parece a la escalera popular, pero es la única forma de dibujar lo que la evidencia muestra: una historia con 2 líneas que se separan, varias que se entrelazan y una, la nuestra, que sigue.

  • Dibujar el ancestro común con los chimpancés como la raíz, no como un mono.
  • Ramificar antes de extender: cada división de población es una bifurcación nueva.
  • Marcar el cruce con Neandertal y la extinción de la rama, no su fusión.
  • Ordenar los rasgos por fecha: postura, cerebro, cara, herramientas, lenguaje.

De laboratorio a conocimiento: cómo se confirma un hallazgo

Un hallazgo solo cuenta como evidencia cuando 3 pasos lo hacen público y contrastable: la medición, la datación y la réplica. Primero, el fósil o el artefacto se describe con medidas cuantitativas, como el volumen craneal de Little Foot, de unos 480 cm3, o la antigüedad de las huellas de Laetoli, de 3,6 millones de años, y esas cifras, no la impresión, son lo que entra en el registro. Segundo, la datación se hace con al menos 2 métodos independientes, como la serie potasio-argón sobre las lavas y la datación de la sedimento que rodea el hueso, y si ambos no coinciden, la fecha se discute antes de publicarse. Tercero, el resultado se somete a réplica: otros equipos miden el mismo fósil, resecuencian el ADN o excavan un yacimiento paralelo, y es esa réplica, no la primera publicación, la que convierte una novedad en un hecho aceptado. Es el mismo camino por el que pasó la datación de Omo I, de unos 300 000 años, que adelantó el reloj de Homo sapiens tras años de revisión entre varios laboratorios. Así funciona la ciencia, de laboratorio a conocimiento: una cifra medida, una fecha contrastada y una réplica que la confirma.

Seguir leyendo